Periodización de Mesoamérica

Las cronologías de Mesoamérica son modelos de aproximación historiográfica elaboradas por los especialistas para encarar la interpretación de los datos sobre el desarrollo de los pueblos mesoamericanos hasta antes de la llegada de los españoles a los territorios de la América Media o Mesoamérica.

Se puede decir que cada uno de los interesados en la historia mesoamericana ha producido una cronología particular que, con ligeros matices, suele encuadrarse en lo que se llama cronología tradicional. Ésta es el modelo clásico de tripartición de la historia prehispánica de Mesoamérica, que en muchas ocasiones se extrapola al resto de las superáreas culturales precolombinas del continente. La cronología tradicional divide a la historia de Mesoamérica en tres grandes períodos, que son llamados Preclásico, Clásico y Posclásico. Sin embargo, el momento en que inicia la historia de Mesoamérica como una civilización y el inició y fin de cada uno de estos períodos es fuente de controversia entre los especialistas. Por otro lado, han surgido cronologías alternativas que pretenden abordar la historia de los mesoamericanos desde enfoques distintos, privilegiando algunos la continuidad de los procesos culturales e históricos; otros, la evolución del Estado en la región; algunos más, en el avance de los procesos de urbanización de las sociedades mesoamericanas.

La cronología que con mayor frecuencia aparece en las obras dedicadas a la arqueología mesoamericana divide la historia de los pueblos indígenas prehispánicos en tres grandes períodos. Estos son llamados Preclásico, Clásico y Posclásico. Se han señalado muchas críticas a esta cronología. Aparecida en la primera mitad del siglo XIX, en el marco del Romanticismo europeo que tornaba su mirada con especial interés hacia el pasado, la cronología convencional para Mesoamérica toma como punto de referencia el esplendor de los mayas, expuesto a los ojos del mundo occidental gracias a las obras Incidents of travel in Central America, Chiapas and Yucatan e Incidents of travel in Yucatan, de John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood, con los mayas, convertidos en “griegos del Nuevo Mundo”.

Desde el principio, los mayas constituyen el modelo de referencia a partir de los cuales se juzgará y se valorará a las demás culturas precortesianas al ritmo de su descubrimiento. Todo aquello que surja cronológicamente después de los mayas se llamará entonces “Posclásico” y todo lo imputable a un horizonte anterior a los mayas será bautizado con buena lógica “Preclásico”. Es evidente que esta tripartición cronológica, marcada a partir de las características de la civilización maya, no carece de un fuerte sustrato de apriorismo: lo que precede a los mayas necesariamente se presume como arcaico, y lo que le sucede es decadente.​

Dos de los principales retos para los arqueólogos al momento de aplicar esta cronología convencional es la delimitación de los períodos que conforman la historia precolombina de Mesoamérica, así como el problema que implica el hecho del desarrollo paralelo de diversos pueblos que convivieron en las distintas regiones mesoamericanas. En primer lugar, aparece el problema de cuándo comienza propiamente la historia de los pueblos mesoamericanos. Para algunos arqueólogos, esta historia inicia con la aparición de los primeros indicios de cerámica en Mesoamérica, la llamada cerámica Pox, alrededor del siglo XXV a. C. De acuerdo con esta visión, la cerámica es un indicador del avance del sedentarismo entre los pueblos mesoamericanos que, para ese tiempo, se habían convertido en sociedades agrícolas. La validez de los hallazgos de cerámica Pox en Puerto Marqués (Guerrero, México) ha sido cuestionada por arqueólogos que no comparten la cronología convencional mesoamericana,​ pero también por otros que la han empleado, como Michael D. Coe o Christine Niederberger.

Formado como arqueólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) de México, Román Piña Chan fue uno de los arqueólogos mexicanos representantes de la llamada arqueología social. Como neoevolucionista, Piña Chan compartía con los principales teóricos de esta corriente antropológica —como Gordon Childe— la idea de que existe una relación entre el estilo de vida cotidiano de una sociedad, el modo de producción y las relaciones sociales derivadas de la necesidad de organización de un grupo para explotar los recursos de su entorno.​ Con base en su experiencia en la arqueología mesoamericana y orientado por el paradigma neoevolucionista, Piña Chan propuso una cronología para Mesoamérica que se alejaba en varios aspectos de la cronología tradicional. El principio del que partía el autor se condensa en las siguientes palabras:

Todo grupo humano o sociedad obtiene de la naturaleza las fuentes de su vida, dominándola por medio de las energías de que dispone, según el grado de conocimientos y tecnología alcanzados en un momento determinado; y la forma de vida resultante y compartida por sus miembros evoluciona y cambia en el transcurso del tiempo, permitiendo nuevas transformaciones de la naturaleza y la sociedad.​

La cronología de Piña Chan está dividida en cuatro grandes períodos. A diferencia de la cronología tradicional para Mesoamérica, Piña Chan llevó el principio de la historia de la Mesoamérica precolombina hasta el milenio 30 a. C. (alrededor del año 30 000 a. C.), que coincide con el fechamiento de los más antiguos restos humanos encontrados en México.​ A partir de este momento habría comenzado un largo período de adaptación al medio ambiente de la América Media que concluiría con el desarrollo de la agricultura y la consecuente sedentarización de los grupos humanos hacia el siglo L a. C. Hasta el siglo XII a. C., Mesoamérica viviría en una época donde las primeras comunidades sedentarias darían paso a aldeas y éstas a centros ceremoniales, lo que marcaría la aparición del Estado en Mesoamérica. De hecho, lo que la cronología tradicional suele encuadrar como la historia mesoamericana propiamente dicha, Piña Chan la dividió en dos grandes períodos. Se trata de las épocas denominadas Pueblos y estados teocráticos —ss. XII a. C.-IX d. C.— y Pueblos y estados militaristas —ss. IX-1521—.​

Las principales críticas que se han formulado a esta cronología corresponden a dos puntos. Por un lado, Enrique Nalda​ señala que el sedentarismo no podía haber arraigado entre los habitantes de Mesoamérica alrededor del siglo L a. C., puesto que sólo en algunas zonas existen indicios de agricultura. De acuerdo con la evidencia arqueológica, la práctica de esta actividad no habría sido tan intensiva que permitiera sostener a un grupo humano sin recurrir al forrajeo (cacería y recolección). Por otra parte, Piña Chan cayó en el mismo error de Eric Wolf al concebir como teocracias a los estados que se desarrollaron en el tercer período de su cronología —correspondiente al Preclásico y al Clásico en la cronología tradicional— y como estados militaristas a los que florecieron entre los siglos X y XVI —el Posclásico de la cronología convencional—. Como las investigaciones arqueológicas han mostrado posteriormente, todas las sociedades mesoamericanas, desde los olmecas hasta los mexicas, tuvieron actividad belicosa.

Christian Duverger es uno de los autores más críticos respecto a la cronología que tradicionalmente se emplea en la arqueología y la historiografía de Mesoamérica. Para este autor, la historia de Mesoamérica no comienza con la aparición de la cerámica, desarrollo tecnológico sobre el que expresa una reticencia a aceptar como válidos los descubrimientos de Puerto Marqués (la llamada cerámica Pox) y la fase Purrón propuesta por Robert Mac Neish para el Valle de Tehuacán. Ambos hitos han sido datados tradicionalmente a mediados del tercer milenio antes de la era cristiana, pero en circunstancias que a decir de algunos especialistas, incluidos el propio Duverger y Christine Niederberger (2005), son “sospechosas” o “insuficientemente sustentadas”. Sobre el caso de las primeras tradiciones cerámicas del Occidente, Duverger considera que poseen una antigüedad mucho menor de la que se supone —por citar un ejemplo, ubica la cerámica de la cultura Capacha en el siglo VIII a. C.,​ en contraste con la fecha fijada por Isabel Trusdell Kelly, correspondiente al siglo XV a. C.​—, amén que no pueden considerarse como desarrollos propiamente mesoamericanos, puesto que el primer marcador de la civilización de Mesoamérica es la difusión de los rasgos culturales que se identifican con la cultura olmeca.​

De acuerdo con la propuesta de Duverger, la historia prehispánica de Mesoamérica se divide en cinco épocas, que corresponden cada una con el florecimiento y difusión panmesoamericana de ciertos estilos bien conocidos a partir de los materiales arqueológicos de la región. La propuesta de Duverger pretende dar cuenta de la continuidad de la civilización mesoamericana —desde el siglo XII a. C. hasta 1521— en contraste con la cronología tradicional —que, de acuerdo con el autor, privilegia las rupturas— recurriendo a la idea de que toda la historia precolombina de Mesoamérica puede resumirse en un proceso de mestizaje en el que gradualmente se van imponiendo los rasgos culturales propios de los pueblos nahuas, a los que concibe como el “cemento” de la civilización mesoamericana. Su cronología es minoritaria, como la de Piña Chán, es una propuesta que no ha logrado desplazar la cronología clásica para Mesoamérica.